El eterno navideño

No nos gusta la Navidad, como a todo el mundo.

Por eso estas fechas son especialmente crueles con nosotros. Tenemos que ir a las cenas de empresa y aceptar a regañadientes la cesta de lomos y cachivaches. Cada vez que ponemos el pie en cualquier establecimiento de cualquier ramo acabamos con tres participaciones de imprenta del número aversitocaesteaño. Sin contar la lotería del instituto que se costea el viaje a Roma. Ni la de los primos de Granollers que la envían por correo.

Hay que comer con padres y suegros —es que a a los viejos les hace mucha ilusión— y colocar arbolitos llenos de bolas y belenes llenos de figuritas —es que a los niños les hace mucha ilusión— pensando que la única figura por la que sentimos alguna simpatía conceptual es el caganet. La iluminación municipal al lado del dormitorio no nos deja dormir, y los restos de embalaje en las calles del centro no nos dejan aparcar. Pero lo de tener que aceptar la humillante paga de navidad ya nos mermó el orgullo unos días antes.

Los que no nos gusta la navidad nos vemos sólos y desamparados en estas fechas, porque siempre nos rodean amantes de las tradiciones que hacen naufragar nuestros austeros propósitos. Y nos consta que somos legión, pero somos tan desafortunados que a todos nos ocurre lo mismo año tras año tras año.

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Creditos de las páginas Christmas: snowflake, por BohemianCoast. Christmas tree, por fuzuoko.

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Advertencia: este blog no comparte necesariamente la opinión de su autora.

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